(Bajo este título tenía escrito lo que sigue unos párrafos más abajo, y dado que en la última asamblea se escucharon palabras que estaban relacionadas, decidí ilustrarlo con un claro ejemplo del tema en cuestión).
Venimos escuchando diferentes conceptos que se dispararon con el paro del campo, uno de los más repetidos e interesantes es la llamada redistribución de la riqueza: la actualidad y la historia, el mercado y los gobiernos nos han demostrado que hay grandes beneficios para pocos y muchos que reciben poco o simplemente nada.
Además de nuestra educación formal, durante nuestra vida aprendemos también un oficio, quizás… un saber basado en la experiencia, tal vez un arte practicado en la infancia, tradiciones provenientes de nuestros abuelos, o actividades que en algún momento decidimos incorporar, y seguramente, valores que recibimos de nuestros padres.
Estos saberes no formales nos diferencian como personas; personas que a su vez conformamos una sociedad, y que poseyendo estos bienes -¡no materiales, claro está!-, podemos compartirlos solidariamente en beneficio de toda la comunidad, y por ende en beneficio propio.
Debiéramos preguntarnos entonces si somos generosos con la comunidad a la que pertenecemos. Simplemente se trata de redistribuir nuestras riquezas no materiales e intentar conformar una sociedad más equitativa. Si esto sucediera, seguramente no dependeríamos tanto de un Estado ineficiente o de un sector económico que no quiere repartir su renta.
Sin embargo hoy, este relato me parece más frío de lo que me causó cuando lo escribí… y es que después de la reunión del sábado 21, entre los muy pocos presentes, se generó un clima emotivo y digno de describir, porque si de redistribuir nuestras riquezas se trata, seguramente contamos con varios ejemplos en la historia de la institución.
Horacio (Lamberti) debe dejar su cargo en la Comisión de ADEC, y por tal motivo Andrés (Morea) al culminar la lectura de la Memoria 2007 agregó un agradecimiento a su amigo por la experiencia transmitida, y siguieron otros que con sus palabras hicieron emocionar al que repentinamente se transformó en homenajeado. Algunos relatos graciosos, recuerdos de momentos duros y sueños comunes, detalles e historias mínimas, pero todos, coincidentes ejemplos de las riquezas que Horacio entregó desinteresadamente a las personas, a la institución y a la comunidad.
Fue realmente muy emotivo y sólo lamento un par de cosas: no poseer las herramientas para reflejar mejor ese momento vivido y que fuéramos tan pocos los presentes.
Sebastián Felice – ADEC
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